miércoles, 21 de mayo de 2014

Palabras que accionan lucha


En el marco de un seminario de la cátedra de Redacción II, de la Facultad de Comunicación Social, Juane Basso, Gabriela Durruty y Jesica Pellegrini hablan sobre los juicios de lesa humanidad que se desarrollan en la ciudad y reflexionan sobre el rol de la prensa.


“En el 2009 comienza en Rosario el primer juicio oral por lesa humanidad —recuerda Juane Basso, comunicador y miembro de H.I.J.OS — y la información surge constantemente, información que, aunque circulaba previamente como base de las denuncias y de los escraches, ahora se presenta periodísticamente muy atractiva. Era historia dura pero era también historia de resistencia, y contaba con un aspecto fundamental, con la información que se reclama al comienzo de cada juicio: ¿Qué pasó? ¿Dónde están?”.
Las palabras resuenan en el aula, en donde entra una luz tenue mientras afuera unos pibes juegan al fútbol, otros se apuran por llegar a clase, y más allá está el río, revuelto. Puertas adentro, en la Facultad de Comunicación Social comienza la charla sobre prensa y juicios de lesa humanidad; a su cargo están el ya mencionado Juane Basso junto a Gabriela Durruty y Jesica Pellegrini. El encuentro se da en el contexto de la reanudación de los juicios orales a los represores de la última dictadura cívico-militar. Mientras los disertantes se acomodan, algo se percibe en el ambiente, algo que tiene que ver con lo necesario de la charla y lo apropiado del lugar en el que acontece.
Basso continúa su exposición, explicando el proceso de fundación del diario Eslabón, en el que desarrolla su labor periodística. “Eslabón comienza a principios de 2000, fines de 1999, para contar la lucha que sucedía en el momento y que exigía juicio a los genocidas del golpe del 76, comienza para dar cuenta de las denuncias y los escraches”. La palabra nuevamente pronunciada queda en el aire. Escrache. Voz que el uso cotidiano banalizó, y que en la charla se revela con el poder de su origen; el escrache es denuncia, es el medio para la protesta, escrache dice: acá vive o trabaja un genocida.
Basso comenta, además, sobre las restricciones periodísticas que se vivieron en los juicios, ya que no se permitía el libre uso de cámara de fotos ni tampoco de libreta y birome. Estas restricciones fueron denunciadas en su momento y así se logró una mayor apertura. Lo dicho lleva a reflexionar sobre el poder que tienen un papel y una birome: la posibilidad de dar testimonio, de dejar sentado, de reproducir para que otros sepan.  
Gabriela Durruty es abogada querellante. El lenguaje del derecho tal vez sea otro al empleado hasta el momento en la charla, pero la mirada aguda conecta de manera directa con el discurso previo. “Nadie sale indemne del horror de los testimonios”, declara. Y centra una parte sustancial de su desarrollo en el rol de la prensa en dictadura: “Pudimos ir viendo cómo la prensa instaló la idea de pre-golpe, que funcionó como un arma de validación del Estado autoritario y que luego, durante el golpe, fue constructora de la idea de enemigo”. Agrega finalmente, estableciendo vínculos con el presente: “Tal como los medios retransmitían sin cuestionamientos los dictámenes del Segundo Cuerpo hoy en día vemos cómo los medios hegemónicos reproducen el parte policial para explicar un hecho.”
 
     Jesica Pellegrini agrega que “si bien es una lucha en la que falta avanzar, hemos logrado mucho. Hasta se ha hecho una distinción, se habló de dos genocidios: uno fundacional, referido al exterminio de los pueblos originarios, y un segundo genocidio, el del golpe de Estado del ‘76. Eso es una conquista.” Aclara: “Siempre hacemos la distinción: los delitos de lesa humanidad son ataques a la población por parte del Estado, en todos los juicios bregamos porque se comprenda que lo que sucedió fue un ataque direccionado contra un sector de la población, en el cual los medios tuvieron un rol muy importante, parte del como aparato represivo.” Y concluye: “Es importante pensar hoy a la prensa como el medio para reconstruir la memoria”.

     El encuentro termina, y sin embargo algo permanece. La sensación que dejó atrás el peso de la palabra escrache se extiende, tal vez, para poder pensar en la banalización de la palabra que llega de forma masiva y corre el riesgo de perder significado. Para repensar en la responsabilidad social de la palabra como instrumento de poder. Para consolidar en el pensamiento y en la acción el carácter político y social de la palabra.

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