A más de un mes de su desaparición, Melina Romero fue encontrada
asesinada. En la escena del debate mediático penetraron elementos: sus
tatuajes, sus peircings, su ropa. Y estos elementos trataron de volverla un
objeto; ese objeto que el hombre mira y sobre el cual tiene derecho y poder, de
mirar, de tocar, de matar.
El caso de Melina pone en el centro del debate la estigmatización de
las víctimas, el lugar de la mujer, la mirada misógina de parte de la sociedad,
la responsabilidad de los medios a la hora de hablar. El crimen de Paola sigue
la línea y complementa el debate, hay todavía silencio como respuesta a la
denuncia de violencia de género.
El cuerpo de Paola Acosta fue encontrado en una alcantarilla en el
barrio de Villa Urquiza de la ciudad de Córdoba. Paola no estaba sola, tenía en
brazos a su hija Martina, una beba de un año y 9 meses. Martina, que ahora
mejora notablemente al cuidado de sus tíos maternos, es fruto de una relación
con Gonzalo Lizarralde quien había negado reconocerla. La investigación apunta
directamente a Lizarralde como responsable del crimen, y se teme que su
condición de alto nivel económico y contactos con figuras públicas influyan en
la pena.
“Paola luchó sola contra los jueces, policías y leyes patronales y
machistas. El padre, Gonzalo Lizarralde, que tiene dinero, negaba su
responsabilidad, y toda su familia lo apoyaba en eso.” Declaraba Laura Díaz desde
el portal de la PSTU. El debate se complejiza, la violencia de género recorre
todos los estratos, atraviesa todas las instituciones. La apuesta hoy es que el
silencio no se vuelva cómplice de la impunidad, y que la lucha llegue hacia
todos los eslabones que componen lo colectivo, incluidos los grandes medios que
deben asumir su responsabilidad social.
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