Por Lucía Dozo
“¡Es que a las mujeres nos cuesta tanto esto! ¡Nos
cuesta tanto la vida! Nuestra exagerada sensibilidad, el mundo complicado que
nos envuelve, la desconfianza sistematizada del ambiente, aquella terrible y permanente
presencia «del sexo» en toda cosa que la mujer hace para el público, todo
contribuye a aplastarnos. «Es una cínica», dice uno. «Es una histérica», dice
otro. Alguna voz aislada dice quedamente: «Es una heroína»” Alfonsina Storni
Buscar cada vez un escándalo mayor, cada vez una forma más espectacular de presentar la información, por el efecto narcotizante de la sucesión de noticias, esa parece ser la lógica mercantil que se les imprime a los medios. El acento parece hoy posarse sobre la búsqueda del impacto, como si un tratamiento comprometido de la información ahuyentase a la audiencia.
“La forma en que se reproducen
estereotipos sexistas va de la mano de ese marketing mediático, como si
editores, periodistas y dueños de medios se escudaran detrás de aquel “es lo
que vende” – señala Sonia Tessa de manera enérgica – pero la criminalización
mediática más que a intereses económicos y políticos, creo que responde a una
cosmovisión, la del patriarcado, que claro que es útil para reforzar cierta
organización política y económica (por ejemplo, la "gratuidad" del
trabajo doméstico) pero tiene profundas bases culturales operantes, tanto en
periodistas como en la organización de los medios.”
Tessa plantea una dinámica circular,
esos discursos que conquistan mayor consumo mediático, lo logran porque
responden a un sistema de valores (más allá de todo lo que se haya avanzado en
términos de derechos, con sus contradicciones y retrocesos), que esta sociedad
reconoce como “natural”: mujeres castas y abnegadas, mujer como sinónimo de
madre. Visto de esta manera, ante determinada vestimenta, está puesto en duda
su derecho a decir que no, y ante su éxito, siempre se duda sobre las formas en
las que obtuvo sus logros.
Sobre la instalación mediática de la falsa idea de la
“víctima merecedora de castigo”, Tessa recuerda un caso emblemático acontecido
hace unos 25 años: el del crimen de Alicia Muñiz. Señala: “Todavía recuerdo
cómo se culpaba a Alicia Muñiz por "lo que le había hecho" a Monzón,
que la mató (primero la ahorcó y luego la tiró por el balcón). En general, la
sospecha está puesta sobre las mujeres. En estas épocas de canales de noticias
que emiten las 24 horas, se escuchan muchas barbaridades, muchos prejuicios que
salen casi sin filtro de conductores/as porque tienen que llenar espacios,
entonces expresan más sus prejuicios que informaciones. Siempre, en general, si
la mujer no demuestra una conducta "intachable" (según los cánones
del patriarcado) es sospechada de merecer el "castigo" que sufrió.
Esa construcción de la víctima tiene que ver con una tradición social también,
en la que vale la eliminación del otro. Y si es otra, esa eliminación tiene
toda una tradición, desde las brujas, las adúlteras que todavía se lapidan en
Medio Oriente, hasta la reclusión que muchas mujeres sufrieron por rebelarse
ante los mandatos”.
Aunque la legislación vigente de medios
audiovisuales reconoce al público
como sujeto de derechos (en un intento por disolver a la televisión como
negocio, y resituarla a su función de servicio), quienes
conducen y trabajan en los medios parecen ignorarlo, cegados por la premisa de
tener más rating, vender más, crear productos meramente comerciales. La criminalización mediática acusa y condena, y por
sobre todo, excluye. La reproducción de estereotipos estigmatizantes en los
medios buscan mantener a la mujer al margen de la escena, de una realidad rica
y compleja, de la cual es actriz, partícipe y heroína.

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